Regresando a la rutina

A diferencia de muchas personas, yo amo las rutinas. Me gusta tener una estructura: a qué hora me duermo, a qué hora me despierto, cómo como entre semana, mis horarios para entrenar, meditar, leer, etc. Puede sonar extraño para algunos, pero a mí la rutina me da paz, me contiene, me hace sentir activa y productiva. Sobre todo hoy en día, que no tengo un horario laboral que me obligue a organizarme, y eso me da más margen para procrastinar y perder el tiempo.
Sin embargo, aunque las rutinas son mi zona de confort, también disfruto mucho salirme de ellas. Darme vacaciones, dejarme comer a mis anchas, tomar, fumar, dormir en exceso... y todos esos placeres deliciosos.
En el pasado, no sé si regresar a mis hábitos me resultaba más fácil o si simplemente era más exigente —y menos compasiva— conmigo misma. Hoy en día, cuando me doy estos viajes de placer con mi esposo, donde todo se vale: postres, descanso, fiesta... he notado que volver a la rutina no me resulta tan sencillo como antes.
Tengo que decirles que la madurez también me ha hecho ser mucho más compasiva conmigo misma y menos autoritaria. Y en esa compasión he descubierto ciertas técnicas que me han ayudado a regresar a mi zona óptima con amor, con tiempo, con espacio… y sobre todo, con respeto.
Hace unos días me fui de vacaciones con mi esposo y, como les comenté, todo fue diversión. No nos negamos nada: el postre que se nos antojaba, nos lo comíamos; el vino que se ponía en la mesa, lo terminábamos. Así sucesivamente durante diez días. Cuando regresé a casa, la báscula me recordó todo el gozo de aquellas vacaciones en forma de unos kilitos extra que claramente no se habían ido de viaje conmigo.
Al día siguiente del retorno me propuse hacer ejercicio… sin buenos resultados. Para empezar, estaba rígida por no haberme movido en todo ese tiempo. Así que me regalé una buena sesión de yoga restaurativo para comenzar a soltar el cuerpo. Al día siguiente metí 15 minutos de meditación e intenté ayunar algunas horas. El tercer día ya pude entrenar bien y bajé mi consumo de carbohidratos a muy pocos, incrementé las verduras crudas y mi jugo verde en la mañana. También puse atención en mi consumo de agua diario, que había sido un desastre durante el viaje. Para el cuarto día retomé mis suplementos, que también había pausado. Y así, fui sumando —o restando, si hablamos de comida— una cosa a la vez.
Y aunque de pronto me pueda sentir una floja por no arrancar con todo de golpe, siento que es más maternal conmigo misma hacerlo con tiempo y respeto. Porque cuando lo hago todo de una vez, mi mente también espera ver los resultados de inmediato… y bien sabemos que esos kilitos de más me van a tomar más de diez días en desaparecer.
Con el pasar de los años he aprendido que la autoexigencia solo me desgasta, me estresa, me presiona. Que las cosas se pueden hacer con más amor y menos rigidez. Que la vida se vive mejor más lenta, más suave… como quien disfruta de una taza de café caliente, y no como quien, sediento, se toma de un trago un vaso de agua.
Crecí rodeada de mujeres grandes: tías, abuelas… y ellas usaban muchos refranes. Yo aprendí a amarlos y a ver la sabiduría que hay en ellos. Bien decía mi abuela: “Hay más tiempo que vida”. Con eso me enseñaba que la paciencia se cultiva. Y lo que aprendí con el tiempo es que esa paciencia empieza por una misma.
Hoy soy más paciente con mi cuerpo, con mis emociones. Trato de tomarme la vida como una bebida hirviendo: despacio, de a besitos.
Tal vez tú te parezcas a mí, y la perfección —igual que a mí— sea tu talón de Aquiles. O como decía mi abuela, la pata de la que cojeas. Si es así, espero que esta anécdota te sirva de inspiración para ser más paciente y amorosa contigo misma.
Cuéntame: ¿cómo es para ti volver a la rutina?



