Señora X

By
Constanza
April 3, 2026
Foto de fotomecky en Pixaby

Creo que mi historia iba bien, hasta los 13 años. Me sentía feliz en una familia “unida”. Conocí a un niño a los 14 años que ni siquiera me gustaba, pero era el amigo del novio de mi hermana, que, dicho sea de paso, era mi ejemplo de vida. Mis padres solo eran buenos, pero no había una comunicación como para guiarnos o hablar de sexualidad o de empoderamiento. Supongo que es el mal que padecemos muchas mujeres de esa época, los 70.

Me hice novia de ese niño y me fui “enamorando de él” poco a poco. Equivocadamente, sentía que complacerlo era amor, que aunque me dijera todo el mundo que él era raro, antisocial y muy diferente a mí, yo ya estaba muy “enamorada” y no lo podía dejar.

Siempre fui muy alegre. Me encantaba bailar, socializar, reír a carcajadas y, cuando estaba con él, me apagaba. Dejaron de invitarme a fiestas, hasta me peleé con mi hermana y solo estaba con él. Nuestro noviazgo duró 7 años, pero 7 años de que algo dentro de mí me decía que algo no estaba bien. Terminé aceptando vivir con ese sentimiento. Pensaba que si lo dejaba, ya estaba muy “grande” (21) y no iba a encontrar a nadie que me quisiera. Me sentía muy fea y él era muy guapo.

Nos casamos a mis 21 y él tenía 23. La verdad, sí me “llenaba” mi vida. Fuimos muy prósperos y tuvimos 3 hijos. Suena bonito, pero siempre fuimos incompatibles y hubo golpes en el inter, humillaciones y engaños por su parte que yo no quería ver. De hecho, a mi tercera hija la tuve por su insistencia; si no, me dejaría. Cuando oigo historias como la mía, me caen mal las protagonistas por no salir de ahí, como si no supiera que es casi imposible cuando estás dentro del problema.

Mis hijos crecieron entre gritos y faltas de respeto entre nosotros. Los afectamos al grado de que hubo un punto en que nadie nos hablábamos entre nosotros. Y yo, solo quejándome.

Me casé en 1989. En 2011 yo ya estaba harta y apenas despertando. Dándome cuenta de que eso debía terminar, pero yo no tenía ni la preparación escolar ni laboral para poder ser independiente. Todo lo que tenía era mucho, pero mucho miedo y desesperación. Depresión y angustia.

De tanta presión en mi cabeza, un día de marzo me dio un infarto cerebral. Cabe mencionar que no sabía que eso me estaba pasando porque me diagnosticaron solo una crisis nerviosa. Un año entero estuve inmovilizada de mi lado derecho y sin poder hablar. Se me olvidaban las palabras y solo podía estar en mi cuarto viendo cómo giraba el mundo. Tuve mucho tiempo para pensar y pedirle a Dios otra oportunidad, una y otra vez. Diario lo hacía.

Un buen día, una amiga me dijo que una amiga de ella estaba por abrir una tienda de ropa cerca de mi casa y que necesitaba una encargada de medio tiempo. Le contesté que no, gracias, porque no se me entendía nada. Solo balbuceaba. Me pidió mi teléfono y con el mismo marcó a su amiga y me la pasó. No me quedó otra que decirle que quería trabajar con ella. Me dijo que sí, que me veía en su tienda.

Al llegar a la cita, apenas le estaban poniendo el nombre a la tienda y vi con incredulidad y asombro que se llamaba “Otra Oportunidad”. Empecé a trabajar ahí, incluso sin la aprobación de mi esposo. Me armé de valor y fui, a pesar de los pleitos que esto generaba. Ahí gané mucha confianza y, como tenía que hablar sí o sí, me sirvió de terapia y empecé a hablar mejor. Era una tienda de ropa usada en buen estado, así que cuando se querían llevar una prenda y no les quedaba, yo me ofrecía a ajustarla. Sabía un poco de costura, que dicho sea de paso, cuando se me ocurría sacar mi máquina, mi esposo me decía que no perdiera tanto tiempo con mis “costuritas”.

Esas “costuritas” me abrieron puertas porque me daban mucho trabajo. Así seguí hasta que cerró la tienda. Ese evento me abrió los ojos y vi que sí podía salir del martirio que vivía en casa. Unos pocos años después mi padre murió y nos dejó una casa que vendimos mis hermanas y yo (después de un juicio muy difícil que terminó con nuestra relación de hermanas). Decidí que era hora de irme de ahí y no volver nunca. De decirles a mis hijos que esa vida no la normalizaran. Pasamos un proceso largo de pedirles perdón, hablar y hablar y escucharlos, para poder sanar y rescatar nuestra relación de amor.

Me fui a vivir a Cancún yo sola. Fue ahí cuando mis hijos me voltearon a ver y, por primera vez, me dijeron que estaban orgullosos de mí. Hoy vivo de mis “costuritas”. Soy modista. Tengo amigas, voy a la playa. Sí, tengo miedos e inseguridades. Sobre todo porque estoy aprendiendo a vivir y a tomar decisiones por mí misma. No ha sido fácil, pero sí muy gratificante.

Veo a mis hijos sanos y no dejamos de hablar lo que sentimos. Estamos más unidos que nunca y 2 de ellos viviendo en el extranjero. Muy lejos, pero más cerca que nunca. Ahorita que estoy escribiendo esto, es la primera vez desde que vivo sola que entro en depresión, porque la vida es más cara que nunca y mi trabajo no genera suficiente dinero para solventar mis gastos.

Sé que en esta vida “todo pasa”.

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