Las mujeres invisibles.

By
Virginia.
August 14, 2026
Photo by: Ilyasick Photo

Tengo recuerdos de mi niñez en mi santuario, el jardín de mi abuela, lleno de colores y olores. Jugaba con el centro de una llanta de carrera; era el castillo de mis muñecas de papel. Siempre jugaba en soledad. Conforme crecí, comenzaron los adjetivos calificativos a anexarse a mis apellidos: lenta, llorona, berrinchuda, creída, nerd, etc., etc., etc. En ocasiones miraba mis manos y me desconocía, no sabía de quién eran, no sabía quién era yo. Yo solo quería ser mirada y ser aceptada como era. Durante la adolescencia hice todo por encajar y eso me agotaba física y mentalmente, estar en círculos sociales queriendo ser como la sociedad esperaba que yo fuera.

Pasaron los años, estudié, comencé a trabajar como maestra rural, seguí estudiando; todas mis amigas se casaron y yo seguía soltera. Había que casarse, lo hice, y con ello vinieron más problemas, otra vez la expectativa. Yo trabajaba y las interacciones sociales me agotaban, pero se esperaba que yo fuera el ama de casa perfecta, pero yo solo estaba cansada. Me desregulaba constantemente.

Luego del nacimiento de mi primer hijo, vinieron las peregrinaciones a distintos psicólogos y psiquiatras. El apellido comenzó a crecer de nuevo. Me sentía invisible de nuevo. Era el estar, pero no estar. Nació mi hija y comenzaron las actitudes curiosas en ella y comportamientos que no nos explicábamos. Ella igual era una niña invisible, pero en su caso yo decía: "Se parece a mí". Pasaron los años y ambas nos desregulábamos constantemente. Íbamos a consulta con el especialista y le heredaron mis "apellidos".

Un día, luego de abandonar la escuela por haber sufrido bullying, me dijo que quería saber si era autista, y el informe lo confirmó. Entonces participé en una charla sobre el diagnóstico tardío en mujeres, y algo que me resonó fue que la especialista comentara que muchas veces son las mamás quienes lo son, y justifican las actitudes de sus hijas al reconocer los rasgos en ellas, y por lo tanto lo normalizan.

Cuando le dieron el diagnóstico a mi hija, yo tenía 55 años. Tuvieron que pasar dos años meditando si me hacía las evaluaciones o no. Por fin, cumpliendo los 57, me dieron el diagnóstico:autismo nivel 1. Ahora me sentí visible. Encontré mi tribu: grupo de escritura y círculo de mujeres, todo en línea. Ahora soy visible, ahora valido lo que siento y lo que soy.

 

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