Las mujeres invisibles.

By
Alejandrina.
August 14, 2026
•
Photo by: Ilyasick Photo

Tengo recuerdos de mi niñez en mi santuario, el jardín de mi abuela, lleno de colores y olores. Jugaba con el centro de una llanta de carrera; era el castillo de mis muñecas de papel. Siempre jugaba en soledad. Conforme crecí, comenzaron los adjetivos calificativos a anexarse a mis apellidos: lenta, llorona, berrinchuda, creída, nerd, etc., etc., etc. En ocasiones miraba mis manos y me desconocía, no sabía de quién eran, no sabía quién era yo. Yo solo quería ser mirada y ser aceptada como era. Durante la adolescencia hice todo por encajar y eso me agotaba física y mentalmente, estar en círculos sociales queriendo ser como la sociedad esperaba que yo fuera.

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Pasaron los años, estudié, comencé a trabajar como maestra rural, seguí estudiando; todas mis amigas se casaron y yo seguía soltera. Había que casarse, lo hice, y con ello vinieron más problemas, otra vez la expectativa. Yo trabajaba y las interacciones sociales me agotaban, pero se esperaba que yo fuera el ama de casa perfecta, pero yo solo estaba cansada. Me desregulaba constantemente.

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Luego del nacimiento de mi primer hijo, vinieron las peregrinaciones a distintos psicólogos y psiquiatras. El apellido comenzó a crecer de nuevo. Me sentía invisible de nuevo. Era el estar, pero no estar. Nació mi hija y comenzaron las actitudes curiosas en ella y comportamientos que no nos explicábamos. Ella igual era una niña invisible, pero en su caso yo decía: "Se parece a mí". Pasaron los años y ambas nos desregulábamos constantemente. Íbamos a consulta con el especialista y le heredaron mis "apellidos".

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Un día, luego de abandonar la escuela por haber sufrido bullying, me dijo que quería saber si era autista, y el informe lo confirmó. Entonces participé en una charla sobre el diagnóstico tardío en mujeres, y algo que me resonó fue que la especialista comentara que muchas veces son las mamás quienes lo son, y justifican las actitudes de sus hijas al reconocer los rasgos en ellas, y por lo tanto lo normalizan.

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Cuando le dieron el diagnóstico a mi hija, yo tenía 55 años. Tuvieron que pasar dos años meditando si me hacía las evaluaciones o no. Por fin, cumpliendo los 57, me dieron el diagnóstico:autismo nivel 1. Ahora me sentí visible. Encontré mi tribu: grupo de escritura y círculo de mujeres, todo en línea. Ahora soy visible, ahora valido lo que siento y lo que soy.

 

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