Purga con tabaco

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María del Valle
May 12, 2026
Mi botiquin

Hace poco conocí esta práctica ancestral. Después de escuchar sobre ella y animarme a probarla, decidí investigar un poco más. Quizá te preguntes por qué primero la probé y luego investigué. Bueno, tengo mis razones. Si sé exactamente cómo se va a desarrollar algo, es probable que me predisponga o me genere expectativas. Por eso, muchas veces prefiero hacerlo al revés. No siempre me funciona, lo admito… pero es parte de mi forma de ser.

Todo comenzó como parte de la preparación para una ceremonia de ayahuasca —ritual que ya conozco bien—, pero cada guía tiene sus propias reglas. En esta ocasión, la chamana hizo énfasis en dos cosas. La primera fue dejar de fumar marihuana una semana antes de la toma, si eras un fumador habitual. Según ella, estas dos plantas no trabajan bien juntas. Me hizo mucho sentido, así que decidí cortar de raíz con mi hábito de la weed. Ya han pasado dos meses y medio desde entonces. El primer mes fue durísimo: emocionalmente, reactividad al 100%.

Nunca olvidaré lo que me dijo mi amigo Brian: “Lo bueno de dejar de fumar mota es que VAS A SENTIR, y lo malo es que VAS A SENTIR”. Así fue: todo lo que había evitado sentir por años me explotó en la cara, en el pecho y en los ojos. Sin compasión ni filtros.

La segunda recomendación de la chamana fue la purga con tabaco. Dijo algo que se me quedó grabado: “Te bañas todos los días, limpias tu casa, lavas tu coche... Pero, ¿cuándo te limpias tú por dentro? De todo lo que ingieres: comida procesada, alcohol, drogas, medicamentos…”. Me atravesó durísimo. Tenía toda la razón, nunca lo hacía.

Para cuándo fue la purga, llevaba cuatro días sin fumar mota y la abstinencia me tenía a ras de piso. La noche anterior no dormí nada. Desperté a la 1:30 a.m. y no concilié el sueño. Lloré de impotencia. Hablé con Tefa, la organizadora, y le dije que no me sentía lista. Su respuesta me sacudió: “Si estas dejando ese vicio, ven. La purga te va a ayudar. A veces creemos que para ir a una ceremonia hay que estar fuertes, pero es justo cuando llegas roto que más te sirve”.

Y una vez más, le hice caso.

La ceremonia fue en una yurta abierta, sentados en círculo sobre cojines. Nos dieron una cubeta a cada uno. En el altar estaban los vasos con té de tabaco, velas, plumas y objetos sagrados. Tras una charla de apertura, comenzó el ritual. Primero, diez segundos bebiendo agua sin parar. Luego, el té de tabaco… todo el vaso. Yo no pude tomarlo todo de una. Vomité dos veces antes de terminarlo. No, no fue bonito. Ni cómodo.

Después venía más agua tibia… y más vómito. Así por tres horas. Mi cuerpo sudaba frío. Sentía un fuego purificador recorriéndome, pero en realidad era el abuelo tabaco, quemando todo lo viejo. Sentí que no solo me estaba limpiando a mí, sino a todo mi linaje, femenino y masculino. Fue una sanación muy profunda.

A media ceremonia nos dieron como un trozo de pasta de diente —un poquito en el dedo— que también provocó vómito; no tenía idea de que podía vomitar tanto. Y para cerrar, llegó el rapé. Para quienes no lo conocen: es tabaco molido, finísimo, mezclado con otras hierbas, que se sopla con una cerbatana especial llamada tepi en cada fosa nasal. Lo había probado antes, pero este fue diferente. Brutal. Me hizo ver estrellas.

El rapé me atravesó. Lo sentí subir por la nariz, explotar en mi cerebro, recorrer la columna hasta el coxis. Sentí de todo: ahogo, estornudos, tos, sudor, vómito y un río de fluidos. Sentí que se destapó todo por dentro, no les voy a mentir, fueron momentos extremadamente incómodos. Pero a su vez muy liberadores.

Terminamos cerca de las 10 p.m., ya en calma, cuando el vómito había cedido y el sudor se detuvo; estaba lista para regresar a casa. Fue una experiencia intensa, pero necesaria. Y lo mejor... apenas estaba por comenzar.

Eso te lo cuento en la segunda parte. Si me leíste hasta aquí, no te la pierdas.

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