Dejando todo y saltando al vacío.

¿Cuántas veces me descubrí pensando en mandar todo por un tubo e irme a vivir a la playa? Y cuántas otras me cuestionaba: ¿es esto realmente lo que quiero? ¿Esto es lo que me hace feliz?
Muchas veces tiré esa respuesta en la papelera mental y seguí en automático, haciendo lo que "tenía que hacer". Hasta que llegó la pandemia. Y aunque sé que para muchas personas fue una etapa durísima (y lo lamento profundamente), para mí fue una oportunidad irrepetible: pude moverme de la Ciudad de México sin renunciar a mi trabajo, haciendo todo de forma remota y con el mismo sueldo.
En ese momento estaba soltera, sin hijos, y no lo dudé: lejos de encerrarme en casa, decidí irme a vivir un tiempo a distintas playas de México para probarme a mí misma si eso de "vivir en la playa" era un sueño de Godínez o un deseo real. Y así estuve unos seis meses entre Acapulco, Tulum, Cancún y BajaCalifornia Sur.
Recuerdo esos días como si fueran ayer. En una de mis estadías en Tulum, vivía un retiro de sanación casi permanente: meditaba dos veces al día, no comía proteína animal, apenas usaba pantallas, ayunaba... A dos de levitar como Buda, jajaja.
Un día, en una meditación muy profunda, tuve un Aha moment: "Es inminente tu salida de la ciudad". "¿Ok?", me dije. ¿Y cómo le voy a hacer? Yo trabajaba en un canal deportivo, y en cualquier momento podían llamarme de vuelta al foro. Ya se asomaba la "nueva normalidad".
Pocos días después regresé a la Ciudad de México tras meses nómada, con Pascual (mi chihuahua) y una maleta. Al llegar, sentí por primera vez la pesadez de tanta cosa acumulada: closets llenos de ropa, zapatos para abastecer a un ejército (eso sí, muy chic), fotos, bolsos, libros, adornos... Esa sensación solo reafirmaba mi deseo de soltar todo e irme. Pero también pensaba: ¡Es una locura!
Había construido una carrera de 10 años como periodista deportiva. Tenía estabilidad económica, mi depa decorado a mi gusto, mis hermanos en la ciudad, amigos, coche, marcas que me patrocinaban... Todo eso que, según yo, me ataba.
Pero la decisión ya estaba tomada. Nadie logró hacerme dudar. Para mis más cercanos lo que pensaba hacer era una locura. Y lo era. Pero yo no lo pensaba, lo sentía. Hoy sé que era mi alma pidiendo dar el siguiente paso, confiar en mi intuición y no solo en mi cabeza.
Hablé con uno de mis mejores amigos que vivía en Tulum. Teníamos planes de hacer algo juntos en Baja, pero la pandemia nos frenó. Me dijo que, si quería probar suerte en Tulum, me recibía en su casa encantado.
Hermanas, la historia tuvo un desenlace novelesco, romántico y hermoso para mí... pero esa parte queda para la segunda entrega.
Lo importante es que tenía tres meses disponibles: al terminar, debía renovar contrato en Fox y mi depa también vencía. Perfecto. Podía irme esos meses, ver si encontraba trabajo o emprendía algo mientras seguía trabajando de manera remota, sin cerrar del todo mi vida en la ciudad.
Así que llené mi camioneta, subí a Pascual y, junto a mi mejor amiga Jimena, nos fuimos manejando desde CDMX hasta Tulum. ¿Y qué creen? La suerte me sonrió más bonito que nunca.
Esta es mi historia de dejarlo todo y saltar al vacío. Quise compartírsela porque he tenido pocas corazonadas tan claras en la vida. Y aunque para la razón eran locuras, para el alma eran certezas.
Quiero resaltar esto: me escuché, confié en mí y fui valiente para tomar decisiones que me alineaban con esa intuición. Desde entonces, una de mis frases favoritas es: "El universo premia a los valientes". Y lo confirmo una y otra vez: si tengo el valor de moverme de la zona de confort, el universo me sostiene. Eso sí, no me exenta de esforzarme ni de ser congruente.
Todo está conectado. Estoy segura de que muchas se quedaron con la intriga de qué pasó al llegar aTulum. ¿Les parece si eso lo dejamos para la segunda parte? Las leo, hermosas. Que este relato las inspire a escucharse más a darse la oportunidad de ser diferentes, de querer y pensar de forma distinta. Por que nuestra alma sabe exactamente lo que necesita, pero estamos muy ocupadas para escucharla.


