Elegirme fue mi mayor victoria.

Mis inseguridades y mi pánico escénico comenzaron cuando era apenas una niña, exactamente en sexto año de primaria.
En mi escuela había una niña que tenía una fijación constante hacia mí. Sus ataques eran pasivo-agresivos, crueles, dirigidos a lo que más podía doler: la situación económica de mis padres, el color de mi piel, mi físico. Hoy, con la madurez que me dan los años, puedo verlo con mayor claridad: no era algo casual, era una obsesión hacia mi persona, y yo solo era una niña.
El día de mi graduación marcó un antes y un después en mi vida. Cuando llegó el momento de pasar por mis papeles, ella se puso de acuerdo con otros compañeros para que me abuchearan frente a todo el auditorio. Y así lo hicieron. Hasta hoy no logro recordar exactamente qué sentí; bloqueé ese momento. Solo a veces me pregunto qué habrán sentido mis padres, mis hermanos, al presenciar algo así.
Ese día nació en mí una herida profunda: la necesidad de encajar, de ser aceptada en lugares donde en realidad no era bienvenida. Crecí intentando pertenecer, adaptándome, conformándome con migajas emocionales. Esa inseguridad sembrada en la infancia me llevó a entregar todo en mis amistades y relaciones, a dar con generosidad, mientras que cuando yo necesitaba apoyo, recibía indiferencia, excusas o incluso culpa.
En el amor tampoco supe poner límites durante mucho tiempo. Hubo un punto en el que dejé de respetarme a mí misma con tal de no sentir abandono. Pero la vida también me dio conciencia. Hoy, a mis 39 años, hice una limpieza profunda en mi vida. Me alejé de amistades que solo estaban por interés. Decidí permanecer sola en el amor durante siete años, y ha sido una de las mejores decisiones que he tomado.
Aprendí a estar conmigo.
Aprendí que no necesito migajas.
Aprendí a amarme.
Hoy soy una mujer exitosa en los negocios, fuerte, independiente y consciente de mi valor.
Sin embargo, cada vez que me he cruzado con aquella niña —ahora adulta— inevitablemente regreso por un instante a esa pequeña que lloraba en silencio, que sentía miedo, que soportaba agresiones que no merecía. No le guardo rencor. No deseo mal. Solo deseo que algún día sea verdaderamente consciente del daño que causó y que, desde esa conciencia, pueda ayudar genuinamente a otros, especialmente porque hoy se dedica a la tanatología.
Yo sigo sanando.
No desde el odio, sino desde la comprensión.
No desde la venganza, sino desde la dignidad.
Esa niña que fue herida hoy es una mujer que se eligió a sí misma.
Y eso, al final, es la mayor victoria.
Con amor… EV

