Cuando el tratamiento in vitro no funciona ¿Qué? (parte 4)

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María del Valle
February 20, 2026
Relatos

La parte 4 de este relato tuvo que esperar mucho más tiempo del que imaginé para poder sentarme a escribirla. No quise hacerlo desde el dolor ni desde la incertidumbre; la guardé porque necesitaba estar bien, de verdad.


Y hoy lo estoy. Hoy puedo hablar del tema sin llorar y sin que se me corte la voz.

No voy a mentir: es una herida que deja cicatriz. Pero, como cualquier herida, sana con el tiempo. Se aprende a vivir con ella y, sobre todo, se acepta. Como se acepta la muerte de un ser querido. Como se acepta aquello que no está en tus manos cambiar.

Pero antes de seguirles contando cómo estoy hoy, quiero regresar un poco y contarles qué tuvo que pasar para llegar hasta aquí.

Después de empezar a darme cuenta de que yo no era la mamá de nadie —y de todo lo que eso detonó— se me presentó la oportunidad de hacer una ceremonia de ayahuasca solo para mujeres. Nunca me había tocado algo así, pero sentí que era un momento oportuno para lo que estaba viviendo.

Antes de la ceremonia se sugería hacer una purga de tabaco tomado, algo que tampoco había experimentado antes. Decidí hacerlo. La purga me dejó ligera de cuerpo, mente y alma, literalmente.


Dos días después sería la ceremonia, pero la chamana se enfermó y tuvo que cancelarse.

Para entonces, mi esposo había decidido hacer una ceremonia de psilocibina en soledad y, al saber que la mía se había cancelado, me preguntó si quería hacerla con él. La verdad, lo sentí un poco forzado. Pensé: “Si no se está dando, es por algo”.

Ese día volvió a preguntarme. Yo seguía en duda, así que me fui a caminar a la naturaleza y le pedí al universo una señal:
“Muéstrame algo que nunca antes haya visto, si debo tomar esos hongos hoy.”
No me sentía lista para decidir yo.

Durante la caminata con Lorenza, mi perra, bajamos a la playa y ahí ocurrió: una ballena y su ballenato estaban muy cerca de la orilla. Tan cerca que Lorenza se puso a jugar con ellos. Nunca había visto algo así.
Mis ojos no daban crédito. Lloré al sentir esa conexión tan profunda. Esa fue mi señal.

Volví a casa y preparé todo para la ceremonia. Cada quien en una recámara, cada quien con su música y sus intenciones.
Les confieso algo: en mis intenciones no había nada relacionado con bebés ni con tratamientos. Ese tema lo había metido debajo del tapete. Para entonces ya había pasado casi un año del intento fallido. Mis preguntas eran otras: hacia dónde iba, cuál era mi llamado ahora.

Voy directo al grano.

Desde hacía casi un año tenía un dolor persistente entre el corazón y el omóplato. Había ido al doctor, estaba en fisioterapia, pero no cedía; al contrario, se intensificaba.


En medio del viaje, hablando con la planta, le pregunté:
—¿Qué es este dolor que llevo cargando aquí?
Ella respondió:
—¿De verdad quieres saberlo?
Le dije que sí.

Entonces entré al dolor de forma abrupta. Y dentro de ese dolor vi mi mano sujetando la mano de un bebé. El bebé que nunca llegó a nacer.
Comencé a llorar.

La planta me dijo con mucha claridad:
—Lo tienes que soltar.
Y lloré más. Mucho más.
Después susurró:
—En esta vida no te toca. Tienes que perdonarte. No es tu culpa, ni la de nadie. Simplemente así es.

Estuve horas llorando sin control. Poco a poco solté esa manita y, mientras lo hacía, el dolor en mi espalda comenzó a ceder. Al mismo tiempo, la planta me hablaba de perdón: hacia mí y hacia todas las mujeres que sí habían podido ser madres.

Recuerdo haber pedido perdón a mi madre, a mi suegra, a mi esposo, a mi hermana. Las lágrimas no dejaban de brotar; yo no entendía de dónde salían tantas.

De todas mis experiencias con plantas —ayahuasca, psilocibina, DMT, peyote— esta ha sido, sin duda, la más consciente y la más sanadora.

Podría contarles mucho más, pero hoy no hace falta.
Lo importante es esto: algo se acomodó dentro de mí.
No porque haya entendido todo, sino porque dejé de resistirme.

Solté lo que no fue, lo que no tocó, lo que no llegó.
Y al hacerlo, mi cuerpo también soltó.

A veces sanar no es borrar la herida.


Es dejar de pelear con ella.

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