Mi amor bonito

Un par de años antes de que este amor volviera a tocar mi puerta, la vida se había encargado de moverme el tapete duro y sin compasión. En ese momento fue algo desgarrador; me había tardado años en construir una vida y esta se había desmoronado ante mis ojos, sin dejarme hacer nada para poder sostenerla. Hoy lo veo como algo que tenía que suceder. Pero en su momento se sentía como un nudo constante en el estómago: noches de insomnio, el cuerpo agotado, una sensación de vacío que no se iba con nada.
Mi entonces relación de pareja un día salió por la puerta y nunca más volvió; la avalancha que provocó este suceso se llevó con ella amigos, conocidos, amores, recuerdos y la promesa de un futuro.
Tras llorar y llorar esas pérdidas, poco a poco y rodeada de mujeres que me maternaron y sostuvieron cuando yo no era capaz de hacerlo por mí misma, comencé a dar pequeños pasos hacia mi reconstrucción.
Me aferré a mis buenos hábitos. Abracé el yoga como nunca; solo en el tapete podía sacar lo que el cuerpo había acumulado en silencio. La meditación me regalaba ese espacio amoroso, sin juicios; viví un tiempo aislada del entorno, justo lo que necesitaba para sanar.
En ese proceso valoré mi tiempo, mi espacio, mi amor y mi cariño, así como la entrega que pongo en cada una de mis relaciones. Me di el permiso de reconocer mis errores y aprender de ellos.
Pero, sobre todo, con el pasar de los días me fui enamorando de mí. Y eso se sintió tan bonito.
Todo este caos vino a traerme una sola cosa: amor propio.
Desde ese lugar de amor hacia mí misma, donde mi voz tenía fuerza otra vez y yo podía escucharla, decidí dejar la ciudad en la que vivía, en busca de mayor contacto con la naturaleza y de más tiempo.
Alberto, quien había sido uno de mis mejores amigos por más de una década —y con quien también había existido un romance años atrás—, me ofreció su casa para llegar y ver si el Caribe me acogía en este cambio de vida.
Lo que hacía años se había quedado en pausa fue retomando fuerza con el pasar de los días. Ninguno de los dos tenía demasiadas ganas de meterse en una relación; lo que sí teníamos eran ganas genuinas de amar y ser amados. Así que llegamos a la conclusión de que valía la pena darnos una oportunidad.
Ahí comenzó lo que yo llamo mi amor bonito.
Lo diferente esta vez fue que ya nos conocíamos. No había personajes ni espejismos. No había máscaras. Solo realidad. Y eso lo cambió todo.
Después vinieron las decisiones complejas, como dejar mi trabajo en la Ciudad de México y mudarme definitivamente con él. Fue aterrador. Un salto de fe. Pero muy en el fondo sentía que me merecía todo lo que estaba pasando. Sentía que me merecía mi final feliz.
Hoy llevamos cinco años juntos: dos de novios y tres de casados. No es una relación perfecta, porque no creo que existan. Pero es una relación consciente. Nos encontró más maduros, con la capacidad de reenamorarnos, de mirarnos distinto, de abrirnos sin miedo.
Lo llamo mi amor bonito porque me enseñó que amar no es someterse, ni condicionarse, ni duele. Que el amor verdadero se demuestra todos los días. Que impulsa, acompaña, aplaude… y sostiene cuando no puedes más.
Pero, sobre todo, me enseñó a amar y ser amada con mis defectos y virtudes. Sin intentar cambiar al otro. Sin miedo.
Tengo la dicha de tener un hombre maravilloso a mi lado, y también sé que tuve que convertirme en la mujer capaz de verlo y valorarlo. Porque el amor empieza por casa, y no se puede pedir algo que una no es capaz de dar.
Hoy tengo la relación que siempre soñé, pero antes tuve que aprender a quererme y a sentirme merecedora. Nada es casualidad. Todo es consecuencia.
El amor sí existe, pero no como te dijeron que era.

